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El censo en Sudáfrica puede visibilizar a las personas sin hogar
"No podrán mentir más, somos muchos", asegura Masechaba Thebe, de 33 años, una más de los decenas de miles de sudafricanos que viven en la calle. A menudo invisibilizados en este país tan desigual, ahora esperan emerger gracias a un censo demográfico.
Sudáfrica lanzó en la noche del miércoles al jueves una amplia operación de recuento de la población que debe durar un mes, la cuarta desde la llegada de la joven democracia en 1994, con márgenes de error más o menos importantes.
A medianoche, 165.000 agentes del organismo nacional de estadísticas (StatSA) se desplegaron, con cuestionarios exhaustivos, al encuentro de todas las personas presentes en el país en la actualidad, "sin distinción de edad, de raza, de color o de creencia".
Por primera vez, el censo se hará también en línea y por teléfono.
En el centro de Johannesburgo, barrio símbolo de la inseguridad de un país que bate récords de criminalidad, un equipo se acerca a una veintena de personas sin hogar tumbados en un trozo de acera.
"¿En qué provincia han nacido?".
Silencio.
"¿Su nivel de educación?".
Silencio de nuevo.
"¿A qué categoría de población pertenecen?".
Owen Nkosi, un hombre de 43 o 45 años, realmente no lleva la cuenta, sacude la cabeza con fastidio y se vuelve a acostar. El encuestador marca la casilla "negro" en su tablet y busca mejor suerte algo más lejos.
El último censo de 2011 incluyó numerosos fallos y una parte de los habitantes pasó por debajo del radar. En 2016, la población sudafricana se estimó en 55,7 millones de personas.
En 2011 se contabilizaron alrededor de 35.700 personas sin hogar, la mayoría en la provincia densa y urbana de Gauteng, donde se encuentran Johannesburgo y Pretoria. Muy lejos de los 200.000 que calculó una encuesta de 2015 del Centro de Recursos en Ciencias Humanas.
- "Todo irá mejor" -
Tony Lissaga, de 48 años, llegó de Mozambique hace unos años porque en Sudáfrica "hay dinero". Pero todo lo que ha podido ganar hasta ahora se limita a unos 600 rands (35 euros, 40 dólares) por semana en negro por trabajos como mecánico. Y con eso no puede pagar un alquiler.
En una esquina que huele a orina y suciedad, declara como principio no beber alcohol. Pero fuma un poco de hierba. "Es difícil, necesito alguna cosa para olvidar", admite.
"Una vez que sepan cuántos somos y que necesitamos ayuda, todo irá mejor", confía con la mirada perdida en la lejanía. El hombre tumbado a su lado se golpea de forma mecánica un trozo de trapo sobre sus espaldas para apartar los mosquitos que infestan el lugar.
La policía no los desaloja. "¿Qué podemos hacer? La comisaría está justo en la esquina de la calle, pero no podemos acogerlos a todos. Son tantos en las calles de Johannesburgo", dice un agente encargado de la seguridad del recuento.
A unos metros, un hombre que se ha desnudado para la noche se encuentra en calzones en plena calle. Sacude una manta mugrienta, la estira y la convierte en su improvisada cama.
Instalados a lo largo de la carretera, algunos se refugian detrás de carretas, otros se hunden en una montaña de sacos y basuras que llevarán a reciclar para conseguir algo de dinero.
"No tengo ninguna intimidad, ningún lugar para lavarme, esto no es vida", dice Masechaba Thebe. "Nos han contado antes, nada ha cambiado", refunfuña mientras apura su cigarrillo.
En pocas palabras resume su historia: los padres murieron temprano, su novio la echó de casa y allí está, en la calle.
Pasando como una sombra, Xolani Gcobo, que lleva 14 años recorriendo las calles de esta urbe antes llamada "la ciudad de oro" por su potencial minero, mira de reojo el espectáculo causado por una muchedumbre de responsables políticos y cámaras.
"Es esto, 'orgullosamente sudafricano'", lanza con ironía, soltando una bocanada cargada de alcohol mientras se ríe amargamente del eslógan nacional.
C.Amaral--PC