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En duelo y aislados, pero libres de soñar: así es ser joven en Ucrania
Con un bigote incipiente, su melena revuelta y su gorra de marca, Bohdan sería un adolescente cualquiera si no fuera porque encarna las desgracias de una joven generación ucraniana marcada por casi cuatro años de guerra.
Su padre, Stanislav, militar de carrera, murió el 30 de marzo de 2022 a los 45 años defendiendo Járkov. Agotada por las penurias, a su madre, Irina, de 40, le diagnosticaron en otoño un cáncer de útero en etapa tres.
Bohdan Levchikov, de 15 años, ya no conoce a nadie de su edad en su ciudad de Balakliya. Situada en el este de Ucrania, fue ocupada por el ejército ruso de marzo a septiembre de 2022. Aunque las fuerzas ucranianas la reconquistaron, continúa regularmente bajo fuego ruso, a 70 km del frente.
"Mi madre y yo regresamos unos días después de la liberación de la ciudad y ya no había niños, ninguna tienda abierta, nada", recuerda.
Desde entonces ha vuelto un atisbo de normalidad, con sólo una fracción de los 26.000 habitantes que había antes de la guerra, muchos de ellos personas mayores.
Los lugares que antes frecuentaban los jóvenes están ahora prácticamente desiertos. El parque de skateboard y las orillas del río Balakliya fueron minados por los rusos. Los explosivos han sido retirados desde entonces, "pero se rumorea que todavía no es seguro ir allí", explica Bohdan.
El adolescente sigue sus clases exclusivamente por internet. Su día a día está marcado por las alertas antiaéreas.
Bajar cuatro pisos a pie para refugiarse en el sótano es demasiado para su madre. Ambos extienden entonces un colchón en la pequeña entrada de su apartamento, la única habitación un poco protegida al no tener ventana.
"Nos hemos acostumbrado a arreglárnoslas los dos solos. Formamos un equipo muy unido", sonríe Bohdan.
Ninguna de estos infortunios se refleja en el rostro tranquilo del adolescente.
"No es solo Bohdan. Todos los niños se han adaptado muy rápido. No sé cómo calificar a esta generación", considera su madre, cautelosa.
No es la única que se hace esa pregunta. A finales de 2023, se encuestó a cerca de 24.000 jóvenes ucranianos de entre 11 y 17 años con el apoyo de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
"La proporción de los que se sienten felices ha disminuido significativamente" tras la invasión rusa del 24 de febrero de 2022, según el estudio. Sin embargo, "los adolescentes ucranianos muestran un nivel bastante alto de capacidad para afrontar la guerra", añade.
Según otra encuesta publicada en agosto, el 34% de los niños citan los exámenes escolares como principal fuente de estrés y solo el 27% las sirenas antiaéreas.
"Estos resultados sugieren de manera preocupante que la guerra forma ahora parte de la vida cotidiana de muchos niños", afirma este estudio publicado por el programa ucraniano de salud mental "¿Cómo está usted?" y Unicef, la agencia de Naciones Unidas para la infancia.
- Aislamiento -
Cerca de un millón de jóvenes ucranianos estudian en línea, 300.000 de ellos exclusivamente a través de internet, según el Ministerio de Educación. Ya antes de la guerra, desde marzo de 2020, habían sufrido el confinamiento relacionado con el covid-19.
Un aislamiento que se siente especialmente en la región de Járkov, la segunda ciudad del país a 40 km de la frontera rusa y objetivo diario de ataques aéreos.
Algunos restaurantes y cafeterías permanecen abiertos hasta el toque de queda de las 23H00. Luego, casi todas las noches traen consigo su cuota de ataques con drones y misiles. A la mañana siguiente, resuenan los trabajos de los equipos de voluntarios que reparan lo que pueden.
La región de Járkov es la tiene más centros educativos destruidos o dañados por la guerra: 843, es decir, el 20% del total nacional (4.358), según datos de mediados de diciembre del sitio web gubernamental saveschools.in.ua.
La página web de investigación Bellingcat —con el que colaboraron periodistas de la AFP en Kiev y París para este artículo— ha registrado en Járkov y sus alrededores más de cien ataques rusos contra escuelas y lugares de ocio juvenil o en sus inmediaciones, todos documentados con videos o fotos.
- Escuelas subterráneas -
Yevenhelina Tuturiko, de 14 años, no había vuelto a pisar un aula desde el inicio de la invasión rusa.
Desde el 1 de septiembre, volvió a sentarse junto a sus compañeros, pero en una escuela construida a varios metros bajo tierra y sin luz natural.
"Me gusta mucho, porque puedo volver a comunicarme en persona con mis compañeros", festeja la adolescente de larga melena negra.
Una socialización que no había vuelto a experimentar desde una "estancia de descanso" organizada por la ciudad de Lille, en el norte de Francia, en mayo.
Paradójicamente, Yevenhelina tuvo que cruzar Europa para "conocer a la mayoría de [sus] amigos actuales" en Járkov, en un entorno finalmente tranquilo y propicio para las amistades adolescentes.
En la escuela visitada por la AFP, los días se dividen en dos medias jornadas, una en clase y otra en casa frente al ordenador, para que el mayor número posible de niños pueda aprovechar las horas lectivas.
El centro, donde los padres se pelean por matricular a sus hijos, puede de esta manera acoger a 1.400 jóvenes, incluidos los fines de semana.
Construido en un tiempo récord de nueve meses, la escuela apenas destaca desde el exterior. Para entrar, hay que empujar una pesada puerta blindada.
"La escuela fue levantada respetando todas las normas de un refugio antinuclear. Estamos probablemente en uno de los refugios más seguros de toda Ucrania", destaca orgullosa la directora, Natalia Teplova.
En el momento más duro de los combates, al inicio de la guerra, en la periferia de la ciudad, el 70% de los niños fueron puestos en lugares seguros, en el extranjero o en el oeste del país.
Estas escuelas subterráneas han hecho volver a numerosas familias a Járkov, que contaba con un millón y medio de habitantes antes de la guerra.
En Ucrania, 96 centros subterráneos albergan a colegiales, en muchos casos cerca del frente y de la frontera rusa. Otras 211 escuelas búnqueres están en construcción, según el ministerio de Educación.
- No vivir con miedo -
En las escuelas de Járkov no se hace deporte en el patio, por ser lugares muy expuestos. Pero en los clubes, la política es más laxa.
En un terreno sintético, el entrenador Oleksandr Andrushchenko anima a un grupo de jóvenes futbolistas, bajo la mirada de algunos padres.
"En la región está prohibido cualquier tipo de competición deportiva oficial. Pero como no somos una estructura estatal, nos las arreglamos a nuestra manera", dice este ex combatiente.
Los padres "son conscientes de que sus hijos no se han desarrollado (deportivamente) desde los años del covid. Y saben que, en lugar de estar delante de sus teléfonos, es mejor que practiquen fútbol, judo o natación", apunta el entrenador.
"No se puede vivir todo el tiempo con miedo", abunda Ayuna Morozova junto a la principal piscina de Járkov.
El inmenso edificio de estilo soviético cerró después de dos importantes bombardeos en marzo de 2022, pero reabrió en mayo de 2024. Ahora, cuando una ventana cede bajo la onda de choque de un enésimo ataque, se tapa con plástico o un panel de aglomerado.
"El agua y la natación lo curan todo", sostiene Morozova, una de las responsables de la piscina.
De hecho, se ha creado un espacio de talasoterapia para soldados amputados. En cuanto a los niños, "primero con dos años de covid, y luego cuatro de guerra, se vuelven locos", incide esta educadora de 38 años.
Ayuna (un nombre tártaro que significa 'osa grande') sonríe ampliamente, pero los traumas de guerra afloran a la menor ocasión. En su caso, estuvo sepultada durante horas bajo los escombros de un edificio atacado el 1 de marzo de 2022.
"Todavía tengo pesadillas, y evito los espacios cerrados, como los ascensores. Y sí, tuve que ir a ver a un psicólogo", cuenta.
En Ucrania, las herramientas para medir el impacto del conflicto en los jóvenes son escasas.
"Hay países que llevan cincuenta años construyendo su sistema" de salud mental. Pero "debido a nuestra herencia soviética, hemos sido los últimos en ponernos a la tarea", explica Oksana Zbitnieva, jefa del centro de coordinación interministerial para la salud mental.
"No tenemos suficientes psicólogos", reconoce. Y para paliar esa falta, "130.000 profesionales en primera línea -enfermeras, pediatras, médicos de familia- han recibido una formación sobre salud mental, certificada por la OMS", detalla.
- Automutilación -
La AFP se reunió con la psicóloga Marina Dudnik en Jorósheve, una localidad a 15 km al sur de Járkov. La mujer, de 50 años, terminaba un taller de tres horas para ayudar a unos cincuenta niños a expresar sus sentimientos.
El bullicio se fue apagando y su equipó guardó los chalecos antibalas, que siempre se llevan en la camioneta por motivos de seguridad.
"Claro que estoy cansada. Pero es agradable hacer eso para los niños. Con la guerra, vivimos todos en el estrés y esto tiene un impacto enorme en el estado emocional de los jóvenes", contó.
Esta empleada de la oenegé local "Voz de los niños" indicó que durante sus consultas, diagnosticó mucho "miedo y ansiedad" en sus pacientes. "Los adolescentes sufren autolesiones y pensamientos suicidas", advirtió.
Cuando se ocupa de ellos, Dudnik tiende a olvidar sus propias heridas. Huyó de Mariúpol, su ciudad natal, bombardeada y ocupada por el ejército ruso. "Ya no tenemos casa, nada. Todo quedó destruido", dijo.
Algunos adolescentes deciden protegerse a su manera. Illia Isayev, por ejemplo, odió cuando su familia huyó inicialmente de la guerra cruzando hacia Rusia. Un vagabundeo de varios meses que reforzó sus convicciones ultranacionalistas.
Hoy, con 18 años, complexión delgada y ojos azules, se presenta como uno de los responsables de la organización radical "Prava Molod" ("La verdadera juventud") para la región de Járkov.
La AFP se encontró con él mientras entrenaba a un grupo de jóvenes en el manejo de drones militares, su especialidad. Sus momentos de "apatía", como él mismo lo llama, quedaron atrás.
"Los tiempos difíciles hacen a las personas más fuertes. Nuestra época está forjando personas fuertes que construirán un país mejor", afirmó con rotundidad.
Para Kostiantin Kosik no fue tan fácil. Toma medicamentos para tratar sus tics, malestar y migrañas. "Es por la guerra. Estoy constantemente nervioso, tenso. Esto afecta enormemente a mi salud", explicó.
El joven de 18 años es originario de Donetsk, una región sacudida por los combates desde 2014. Creció en Avdiivka, una ciudad hoy en ruinas que pasó a manos rusas tras meses de combates.
"Conocí la guerra a los seis años. Para un niño pequeño, era muy interesante. Los tanques, los soldados, las armas automáticas. Cuando tuve la edad suficiente para comprenderlo, dejó de ser tan divertido", contó.
Pasó semanas en el sótano de su casa, sacudido por las explosiones, sin ningún vecino cerca. "Por un lado, eso me endureció. Pero hubiera preferido una infancia normal, con amigos, con alegría", lamentó.
- "Seguir soñando" -
Como cerca de cuatro millones de desplazados en Ucrania, la familia de Kostiantin se apaña con lo que puede.
Alquilan una casa sin calefacción en Irpin, cerca de Kiev, donde la madre cuida de su suegro, postrado en cama tras sufrir una serie de infartos relacionados con el conflicto.
Kostiantin está en segundo año de derecho internacional. "Para poder proteger los derechos humanos, en Ucrania y en otras partes del mundo", dijo. Está orgulloso de estudiar en la Universidad de Irpin, aún dañada por un misil ruso en octubre de 2022.
"Los niños duermen en refugios antiaéreos, pierden a sus padres, a sus amigos. Y, sin embargo, siguen viviendo, siguen soñando", señaló el ministro de Asuntos Sociales, Denys Uliutin.
Bohdan, el adolescente de Balakliya, se comunica con sus "nuevos amigos" a través de un portátil. Se pasa horas hablando con Lana, una joven de su edad con la que "tiene mucho en común".
Su sueño es conocer a Lana y se lo comentó a su madre. "Quizás nuestros padres puedan organizar algo", apuntó. Pero ella vive en Dnipró, unos 400 km al sureste. Otro mundo en la Ucrania en guerra.
Balakliya, la ciudad de Bohdan, sufrió el 17 de noviembre dos nuevos bombardeos, que causaron la muerte de tres personas. Trece personas resultaron heridas, entre ellas cuatro niños.
Ocurrió a apenas 300 metros del edificio de Bohdan y su madre.
F.Carias--PC