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Rescatistas socorren loros en una ciudad siciliana afectada por un deslave
Entre lágrimas, Pino Terzo Di Dio observa a los bomberos salvar a sus cinco loros evacuados de Niscemi, una ciudad siciliana que quedó al borde de un precipicio por el colapso de una parte de la colina.
"Tienen miedo", confía a AFP, con la voz temblorosa, mientras los rescatistas colocan a los pájaros, cuatro cacatúas y un perico, en dos jaulas golpeadas por el viento.
La ciudad de unos 25.000 habitantes, construida en un terreno inestable, fue azotada por una violenta tempestad que afectó el sur de Italia la semana pasada, provocando el derrumbe espectacular de una parte de la colina de cuatro kilómetros.
Aunque no hubo heridos los expertos consideran que la falla podría ampliarse si vuelve a llover.
El jueves, el sol brillaba en Gela, ciudad costera aledaña, pero una nube oscura se cernía sobre Niscemi.
Los habitantes hacen cola frente a un puesto de mando de los bomberos justo fuera de la "zona roja" evacuada, para ser acompañados al interior con el fin de salvar animales o recuperar sus pertenencias, como documentos de identidad o ropa.
Algunos habitantes alimentan a sus animales pero los dejan en el lugar, pues no tienen donde llevarlos.
Minutos antes del salvamento, Pino Di Dio explicaba que los recipientes donde comen sus pájaros estaban llenos, pero como uno de los loros "suele tirar el agua al suelo" tal vez lleven días sin beber.
- "Que la Virgen nos ayude" -
Desde la catástrofe, el hombre de 53 años vive en casa de amigos.
"Ya no tengo casa, perdí todo (...) Hace cuatro días que no he podido bañarme. Huelo a cabra", dice.
Toda su atención se centra en los pájaros amarillos y grises, de 7 a 13 años de edad.
"Esperemos que alguien con buen corazón se ocupe de ellos. Lo importante es que los traten bien", declaró.
Los rescatistas salvaron "perros, gatos y ahora loros", cuenta el bombero Franco Turco.
El equipo intenta socorrer caballos en los campos en la parte baja de la ciudad, cuyo acceso es complicado por las profundas fisuras provocadas por el deslizamiento de terreno.
Mientras tanto, 24 bomberos hicieron 80 intervenciones para recuperar efectos personales en la zona roja que se extiende a lo largo de 150 metros desde el borde del acantilado.
Pero no entran a la zona de seguridad de 50 metros.
Algunos habitantes "lloraron, nos abrazaron", dice. En el mismo edificio de los loros, una mujer que pide el anonimato llevó hasta la calle un carro de compra y bolsas plásticas negras llenas de pertenencias.
En sus brazos llevaba una estatua de cerámica de la Virgen María, que estaba al pie de su escalera.
"Que la Virgen nos ayude", dijo.
F.Cardoso--PC